Hola, yo practico yoga, yo disfruto con pasear por la playa, yo alguna ves tuve un hijo y lo perdí, ahora soy el olvido....
En la reflexoterapia de hoy dirigida por el profesor Carlos (que curioso nombre) luego de haber hecho los asanas o ejercicios yógicos, nos tendimos sobre nuestros cuerpos cansados y pies desnudos a escuchar la suave voz del maestro, nos pidió tranquilamente respirar hasta el fondo de nuestra capacidad, nuestras costillas se desencajaron y nuestra espalda era una con la tierra, luego de contener eternos segundos el aire que se dio el tiempo de recorrer desde la punta de la nariz hasta la misma de los pies, sobrevino el momento en que dejamos salir de nuestro ser en forma de partículas de luz el gran aliento de descanso; ahora estamos listos y biológicamente preparados para recibir el viaje. El maestro empieza así, imaginen por favor que se encuentran en una playa, tendidos sobre su espalda descansando, la mayoría de los que nos encontrábamos en esa pulcra habitación sucumbimos ante su voz y sin la mayor resistencia nos vimos rodeados de ese ambiente marino, nos pidió imaginar una playa larga y eterna, en el momento que a lo lejos aparecía mi hijo de entre sueños como es de costumbre, acercándose cada ves mas aunque pareciera que no avanzaba un centímetro, caminaba con sosiego, con su lengua afuera y una expresión de felicidad característica de el, nos pidió sentir la arena en un día hermoso y soleado, yo lo único que podía sentir era el dulce pelaje de mi pequeño, no se distinguía donde terminaba la arena y empezaban sus patitas, su piel, brillante, lacea, con olor a juegos de jardín, sentí que acariciaba su lomo como en antaño y creo que me dolía su ausencia penetrante, nos pidió sentir el cielo celeste, el viento fresco y apreciar el sol intenso, yo lo único que podía ver eran los ojos de mi bebe como un inmenso paraíso cubierto de algodones de azúcar donde saltar, el sol era plenamente su corazón, que aun irradia calorcito, es el centro de mi existencia y la luz del sendero que recorro, el maestro nos pidió ver las aves posadas a lo lejos, yo solo pude reírme de como mi hijo las espantaba, corría hacia ellas con la utópica idea de alcanzarlas y cuando estas alzaban el vuelo él corría junto al viento, ellas sobre su cabeza o el bajo sus patas, depende desde donde lo miremos, a todo esto yo lloraba como una niña pequeña, goterones que desde espaldas y con los ojos cerrados mojaron mis orejas y escurrieron hasta mi nuca, mientras las señoras de los lados dormían placidamente, algunas roncaban, en silencio y en la oscuridad me sentía mas sola que nunca, el maestro nos pidió sentir las olas y escuchar los sonidos del mar, y yo veía como mi nene se bañaba, nadaba a lo perrito y jugueteaba a ladrarle a las olas mas grandes y salir corriendo cuando se aproximaban, yo le arrojaba una rama, y como es la idiosincrasia de su raza, él salía tras ella y nunca la traía de vuelta, los sonidos del mar eran sus ladridos, el hablaba, inexplicablemente emitía sonidos parecidos a las palabras, parecía que alegaba, que había cosas que no le parecían bien, y que emitía las groserías mas imponentes que en su raza podían permitirse, olisqueaba una estrella de mar y luego le ladraba, un sin fin de sorpresas y regalos. El maestro nos dijo vean como el sol desciende lentamente, se esta acercando cada ves mas a la línea imaginaria entre el cielo y el mar, yo veía como mi niño se alejaba con una cara de tristeza, mama no me sueltes, que no nos separen.. yo inmóvil solo respetaba el ciclo natural de la vida, cada ves mas el crepúsculo va apareciendo, decía el maestro, aprovechen de disfrutar los últimos rayos de sol que les quedan, el frío esta entrando y la noche con su manto recubre desde montañas, árboles y todo lo demás a su paso, yo veía como la luz del corazón de mi hijo se iba apagando lentamente, como se iba difuminando con el aire, como se me escapaba cual arena entre las manos, extiendo mis brazos y aun la punta de mis dedos pueden tocarlo, pero ya es demasiado tarde y debo dejarlo ir, es su hora y no soy quien para impedírselo, segundo tras segundo siento como se va alejando ese calorcito que me entregaba, esos bigotes despeinados, ese mechoncito blanco, los últimos rayos del sol, con el ultimo destello de brillo de su pelaje me hace una seña de adiós y un gesto de te esperare eternamente, algún día volveremos a pasear por esta playa hermosa, el maestro por fin termina con el doloroso discurso de anochecimiento y anuncia la salida de las estrellas, describe como cada una de ellas esta ahí por alguna razón, la astrología y la historia que estos cuerpos celestes nos cuenta, tan solo una pincelada, para que nuestra imaginación indague como sabana en el viento, para mi, las estrellas siempre han significado mis amistades, pero ahora se que mi hijo es una de ellas, me esta mirando y cuidando, ríe y sueña, vuela y corre, le ladra a las aves porque recuerda la envidia que les tenia por no poder volar.. el maestro sin mas termina con la meditación guiada y nos deja reposar unos minutos, algunos duermen apaciblemente, otros se incorporan del mítico viaje astral que han realizado, yo en cambio intento sosegar mi llanto porque creo que la salinidad de mis lagrimas formara llagas en los costados de mis ojos, además quienes son ellos para merecer verme llorar. El maestro por ultimo nos pide que preparemos nuestros ojos porque va a prender la luz, con esto se termina de disipar toda la atmosfera de magia que había creado ese sabio y peliblanco hombre, nos agradece por haber venido y cada uno por su lado se viste y abriga para seguir con lo mas normal de sus vida, menos mal nadie escucho mis pensamientos, nadie se despertó con mis carcajadas y juegos infantiles, yo solo agradezco a ese retozado hombre haber dadome la oportunidad de ver a mi hijo una ves mas, de avivar la llama del recuerdo y de haberme llevado al cielo en un segundo y traerme de costalazo a la tierra en el siguiente.
Mónica Paredes
7 de mayo 2009
23 horas
martes, 6 de octubre de 2009
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