miércoles, 28 de octubre de 2009

Luciérnaga

Familia, casa, hogar... conceptos tan divergentes en las experiencias individuales que llegan a ser un símbolo abstracto en el vitral de colores tiselado de las grandes catedrales atosadas de creyentes.
Las familias son tan antojadas de nacer y fortalecerse en el lugar mas inhóspito de la tierra que de repente ocurren errores en su conformación.
Una vez nació una Luciérnaga del vientre opulento de una Mantis Religiosa. La madre Mantis llevó larga y dolorosa temporada el peso y la incomodidad de un ser en gestación que seria el vuelco desenfrenado de su vida.
Era una familia de Mantis Religiosas común y adaptada a su ritmo de vida. Con costumbres tradicionalistas y visiones limitadas de las cosas. Era una familia de Mantis Religiosas acostumbradas a la rutina, con una situación económica estable, sin correr riesgos desde la seguridad de su casa en medio de las mejores flores de loto del lago.
El invierno duro arrasaba con todo el lugar con lluvias que amenazaban de no acabar, mientras la Mantis madre no aguantaba mas el dolor de las contracciones.
Sonidos hermosos y circulares emanaban de lo mas profundo del lago, despertando contra toda lógica a las bestias que descansaban bajo su profunda hibernación.
Había un alboroto astral, el tiempo estaba loco y torrentoso, las hojas volaban en un frenesí decapitando a distraídos insectos que no quisieron ser concientes del evento que estaba ocurriendo a su alrededor.
La madre Mantis ya no aguantaba mas el crío pujante, y justo en el momento en que las nubes dejan de llorar, el viento deja de azotar las montañas con violencia, y las flores se desenvuelven sonriéndole a la música, es cuando nace entre pegajosa placenta, la Mantis Religiosa mas fea del mundo.
No tenía el cuerpo esbelto, blanco y delgado como la mayoría, sino que era corta, ovalada y oscura. Unas franjas le atravesaban de costado a costado, asemejándose mas a una Oruga que a una Mantis.
De todas maneras, a pesar de su notable diferencia con las Mantis al nacer, esta criatura disipó todo el temporal que mantenía sumidos a todos en una horrible depresión. El engendro, al ser depositado en los brazos fuertes y trabajadores de su padre, provoco que las nubes negras sobre su cabeza se disiparan como telón de teatro en la obra mas conmovedora jamás creada, dejando caer sobre la cabeza de aquel ser, un rayo de luz tan penetrante y enérgico que tocaron sutilmente su alma para toda su vida, acentuándose esas partículas en su interior, con tal recelo que hacía falta destruir esa alma para poder quitar la luminiscencia con que había sido tocada.
A los ojos de todas las flores, aves, peces, árboles y demaces insectos, el nuevo ser no era otra cosa mas que una dulce Luciérnaga, de cuerpo débil, blando y sensible; con pelos largos al rededor, con un color negro intenso y penetrante, con tonos verdosos adquiridos gracias a la fresca mañana.
No se distinguía del todo, en la viscosidad de sus alas pegadas la naturaleza de la Luciérnaga.
El nacimiento fue un acontecimiento totalmente común para los seres faltos de luz, sin embargo, su padre que escasamente había sido pincelado con esa magia, se llenó de una alegría inexplicable, era pleno, estaba entero; y como un bebe, olvidó cómo hablar de tanta emoción.
Dicen que después de dejar a la criatura en los brazos de su madre prendida del pezón con seguro alimento, salió corriendo por los senderos a gritar su dicha a los cuatro vientos, dicen que saltaba en una pata y que gritaba como un loco, que perdió completamente la compostura, que hacía para a cuanta vida se le presentaba por delante a gritar sin júbilo que había sido padre de una bella damita. Se tropezaba cada tres pasos, pero las caídas llenas de tierra y sangre pasaban desapercibidas para él en el éxtasis que estaba viviendo.
Sus hermanos que eran perfectos Mantis Religiosos normales con obediencia y pomposos éxitos, miraban el episodio dejándose llevar por la efervescencia de la multitud, celebrando sin saber porqué, con el anhelo de conocer a esa rareza.
Ella nació Luciérnaga muy posiblemente por la razón de los hechos desencadenados en su procreación. Sus padres, invitados por un par de amigos, fueron a parar a una fista de insectos sin forma ni organización determinada. Llamados aborígenes o nativos que vivían en precarias condiciones con una cultura superlativa, influenciada por las estrellas. Llegaron a una fiesta pagana, que en medio de una montaña de fuego y rodeada en un círculo por esos seres tomados de las manos y cantando melodías a la tierra al son de instrumentos rústicos.
En medio de la colorida fiesta de descalzos, la pareja de Mantis Religiosas se dejaron llevar por los humeantes aromas afrodisíacos, y se fueron a concebir el ser que futuramente parirían, sin medir las consecuencias de esa responsabilidad.
Cuando llegaron después a la continuación del ritual pagano, encontraron a sus dos hijos mayores colorados de vergüenza por los bailes que habían presenciado, en la estrechez de su mente no podían entender la libertad de mover el cuerpo sin técnica gritando sonidos sin dignificado y abandonando la conciencia para entrar en un estado de trance.
Los dos Mantis hijos, al no poder soportar mas ese alboroto, tiraron de las faldas de su madre para exigir el traslado de ese lugar y volver a la vida cotidiana y segura.
La familia en el camino de regreso, acordó que esas experiencias se viven una sola vez en la vida. Menos mal, porque el mundo no estaría preparado para recibir a dos Luciérnagas bajo esas condiciones, se estaba gestando con latido fuerte y rebelde en el interior de ese capullo protector.
La infancia de la Luciérnaga transcurrió sin mayor alboroto, destacándose por su alegría llenadora de habitaciones, por sus habilidades cognitivas, por su amor desenfrenado por la vida espontánea y miserable, conmoviéndose hasta el llanto con la belleza de una flor y abrasando a cada gota de corazón latente que se presentaba en su camino.
Fue criada entre buenos valores y estricta educación, haciéndola creer con la pobreza del alma de sus progenitores que vivía entre la dicha de la perfección. Contrsuyéndo a su alrededor un castillo hecho para Mantis que la encarcelaba en una burbuja oprimente.
Ella despertaba cada mañana con una sonrisa radiante y una alegría de energía eterna, causada principalmente por el mundo imaginario de protección que mantenían para ella, impidiendo que viera lo grotesco, lo ufano y lo horrendo que posteriormente conocería con la inexorable vida que atraería con la luminosidad de su incandescencia.
También la Luciérnaga despertaba alegre gracias a la esperanza que pudo encontrar en la naturaleza. Las bastas dimensiones que alcanzaba con su mirada, y que soñaba con sobrevolar un día de libertad, esa idea la embriagaba. Sentía que su cuerpo no era capaz de contener tanto aire, cuando le daban esos arrebatos de alcanzar lo imposible. Y eso que aún no sentía el placer de desplegar sus alas y alzar el vuelo en elegante obra improvisada.
Obviamente no volaba, no porque no podía, sino porque como había sido criada como Mantis Religiosa, no era correcto, decente ni aceptable el hecho que se fuera volando como si imitara a un ave. Ya bastante tenia la familia con soportar la pena de soportar una Luciérnaga entre Mantis Religiosas, que actuaba con locura y poca elegancia, que poseía ideas subversivas, osadas para su corta edad. Al principio fueron una gracia, hasta motivos de burla, pero con el tiempo y la fuerza que fueron adquiriendo, sus ideas se trasformaron en una molestia punzante que acongojaba la calma de los padres y hacia mayor su deseo por una hija Mantis normal, que jugara con vestidos ad hoc y una feminidad visible. Digno de la realeza. Con un gusto por las bellas normativas y una obediencia pulcra. Por lo menos que viviera en este mundo, sujeta a la realidad de una Mantis. En cambio, por una inexplicable razón les salió ese ser distraído y rebelde. A llenar sus vidas de penas y glorias. A revolver con caos tazmánico la difícil unión que habían forjado, aunque no interrumpió para nada el sordo matrimonio que llevaban en convivencia.
A menudo los padres se miraban aterrados diciéndose, -¿Qué haremos con esta Luciérnaga?- pero se daban ánimos diciéndose que si habían sido capaces de criar a dos perfectos Mantis con amor, también podrían ser capaces de suplir con la responsabilidad de una Luciérnaga.
En ocasiones, por no poder soportar las osadas jugadas subversivas de las Luciérnagas, los padres Mantis desembocaban toda su incertidumbre, poca tolerancia y miedo a lo desconocido en una neblina de violencia irrespirable que viciaba el ambiente de contaminación espiritual y sumía a la Luciérnaga en una tristeza profunda, por ser incomprendida y por la imposibilidad de vivir con los suyos o cómo los suyos, pues sería una vergüenza mezclarse entre los bohemios.
La Luciérnaga los miraba con anhelo desde la orilla del otro lado del lago como un grupo de Luciérnagas autóctonas revoloteaban en luminiscencia formando símbolos hermosos y verdaderos, bailándole a la tierra, el sol y la luna, volando en libertad con música divertida y sonrisas sinceras. Con sentimientos amenos de paz en el interior y amor a flor de piel, acariciándose, besándose y hermanándose.
Al volar parecían hadas livianas y dulces.
Parecían un cielo estrellado de verano con noches tibias y mágicas que jamás acaban.
Hasta parecían un campo floreado de pequeñas margaritas en movimiento.
Por supuesto, la familia de Mantis no permitía a su pequeña Luciérnaga vivir esas experiencias; pero al menor de los vidriosos ojos de las Mantis, la Luciérnaga salía volando con una luminosidad mayor a la de una candela, a encontrarse con los suyos y dejarse llevar por el frenesí.
Ella lo hace con mucha cautela, pues sabe que si su familia se llega a enterar, seria víctima de una violencia psicológica, verbal y hasta física que en muchas ocasiones la habían mantenido a raya con injusticia y muy poca capacidad de comprensión o tolerancia.
Ella a la hora de las agresiones se quedaba hasta el final soportando toda la desdicha, de repente gritando también en la desesperación a la que la habían forcejeado a sumirse; y en otras ocasiones desde la paz y los altos niveles de moral que había aprendido con los de su real especie, pero que era muy difícil de llevar en todo momento.
Siempre que ocurrían esas escenas de violencia en la casa de juncos y lotos, la Luciérnaga terminaba llorando débil y sensiblemente zambullida en su cama de hojas. Lloraba con una desesperación, una agonía, una despedida y exagerada pesadumbre que parecían los sollozos de un bebé muerto de hambre y abandonado a la intemperie, que no entiende la gracia de ahogar el llanto para conservar un poco de dignidad.
Lloraba por un par de horas, hasta que su cama se inundaba de lágrimas y amenazaba con resfriarla.
Lloraba sólo por la simpleza que las Luciérnagas no son seres para vivir entre violencia y malas vibraciones entre corazón y corazón. No son seres para vivir con las alas bajas y la luz disimulada. No son seres para vivir entre cadenas.
En cambio las Mantis Religiosas son seres fríos y egoístas. Con sus patas delanteras en forma de rezo simulan ser las más santas del reino. Pero en realidad esas patas recogidas sirven para capturar indefensos insectos que pasaban cerca. Los devoran sin piedad y disfrutando cada grito de dolor. Luego se relamen el cuerpo para seguir tan elegantes como siempre y ser los mas pomposos, los mejores vistos de por aquí.
Como es de esperar, la familia de Mantis enseñó a su hija a capturar insectos pequeños para devorarlos cruelmente. Pero por naturaleza de Luciérnaga, desde temprana edad los rechazó prefiriendo las frutas, las hierbas e infusiones que estaban a su alcance.

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