martes, 13 de abril de 2010

Me enamoré de un árbol

Paseaba en tranquilidad y sin compañía, me aburro fácilmente de la gente que no tiene nada que entregarnos, hablan mucho y dicen muy poco, así que repare en solo caminar respirando y ni siquiera escuchando lo que pensaba.
Caminé con los ojos cerrados un largo trecho, me guiaba el olor, el sonido y la textura de las piedresillas del sendero.
No había peligro, solo una energía extraña que sentía emanar de algún lugar desconocido.
Cada vez se hacia mas fuerte, atracción cual lazo atado a mi pecho, tiraba de mi a tiempos entrecortados.
Mientras mas me acercaba, mas fuerte se hacia la energía, me sentía un metal y aquello un imán. Los tiempos se hacían mas intensos, el aire olía mejor, y como una marioneta, mi boca tenía atado un hilo que alguien tensaba para hacerme sonreir.
Mis pies ya no aguantaban mas, el calor de la tierra era intenso. Mis manos al frente temían encontrar lo peor.
Hasta que no resistí mas, me detuve con los brasos y hombros relajados en mis costados, y abrí mis ojos.
Mi respiración se detuvo en instantes eternos... en el momento y espacio correctos.
Hasta que lo vi, me encontré al frente de un gran e imponente árbol.
De él emanaba toda esa energía, había vivido tantos años que ni él llevaba la cuenta. Era hermoso exageradamente, de grandes dimenciones y formas elegantes. Su corteza tan brillante, a la luz de un amanecer, se veía hacia tonos azulados en movimiento, simulaba matices como los de un camaleón.
Ahí estaba ese árbol esperándo toda una vida para conocernos. Temí al mirarlo con el rabillo del ojo pero tenia una cara de sabio que me derritió ante su confianza.
Tenía un cuerpo fuerte y protector. Enhiesto hasta la copa y con hojas grandes y gruesas.
Tenia un agujero, y muy humildemente le pedí entrar en su corazón.
El árbol cariñoso accedió sin problemas a tenderme sus brazos y cobijarme del frío, a contarme todos sus secretos y revelarme la verdad de la vida.
Yo no podía dar mas que las gracias, estaba embriagada con su acojida, atónita con su esplendor, tenia flores color de roza delicadamente salpicadas en su follaje.
Ambos sucumbimos ante el placer de amarnos eternamente, era un amor sincero, un amor de árbol-mujer.

sábado, 3 de abril de 2010